Somos tontos, no pesados…
¿Comprar revistas especializadas en música? ¿De las que hacen mexicanos y donde escriben mexicanos? ¿Identificarse con los blogs? Debo decir que lo de leer a cronistas musicales en los blogs suena bien, pero sólo eso, porque en la práctica no es lo gratificante que se pudiera creer, al menos para mí. Es decir, hay tantos blogs y tan malos casi todos. Se supone que quienes se toman la molestia de escribir en la red son personas desinteresadas ¿no? Su única intención es proyectar sus gustos, su opinión; eso se supone. En cambio quienes hacen lo propio en revistas son como rockstars, se comportan como tales y hasta les pagan por eso. Es cierto que en el mundillo de la crónica musical hay mucha arrogancia y pose gratuita, pero en la llamada “blogosfera” también, y en ese nivel “virtual” también hay quienes cobran, y seguramente muy bien. Considero que no hay demasiadas diferencias entre ambos mundos: los dos están plagados de rockstars. Y no hablo de los músicos, sino de los cronistas musicales. Es ridículo, pero cierto.
He estado cerca de personas que se creen en serio eso de que son otro pedo sólo porque su nombre aparece al final de una página. Hace unos días tuve la suerte de platicar con The Dandy Warhols, y en la obligada antesala de espera, a mi lado había un tipo que también se entrevistaría con ellos y que claramente te dejaba dicho con la mirada que no te atrevieras a mirarlo siquiera, porque sí; él era un rockstar. Yo intuí que era mamón con sólo verlo, pero cuando el grupo llegó, certifiqué lo que entreveía. Con ellos a nuestro lado, el sujeto cambió de actitud radicalmente, quitó la mueca de “aquí huele a caca” que portaba y, con una sonrisa que no le cabía en la cara, saludó a los músicos como si los conociera de toda la vida. Ellos reaccionaron sorprendidos, como preguntándose en silencio ¿este cabrón quién chingados es, uno de la disquera? Pero él seguía en lo suyo, repartiendo abrazos y camaradería. No se comportaba como un fan emocionado ni mucho menos, sino como su mero carnaval, como un amigazo de toda la vida. Juro que los recibió en la onda de “qué chido verlos otra vez, tanto tiempo ca…”. Y ellos con cara de chale. En medio de su derroche de buena onda hacia ellos, dedicó un segundo para voltear hacia el resto de los mortales (en este caso, yo, solo yo) y dedicar una mueca de “¿qué pendejo? ¿Tú qué me ves, qué haces aquí, que no ves que estoy saludando a los Dandy Warhols, mis compas? Ya vete wey, pinche naco, quién te dejó pasar”. Un pensamiento largo, tan prolongado como su mala onda, pero todo lo leí en sus ojos mientras duró esa mirada de apenas un segundo. Él era, sin más, un rockstar del periodismo musical -arrogante pero freak, inteligente pero cool- . Y habrá quien piense que eso no es importante, que lo que pasa es que a mí me cayó mal ese cabrón y que por eso hablo así, aunque lo que yo creo es que quien le cayó bastante mal fui yo a él. Así que olvidemos la actitud en “sociedad” – con los pendejetes nacos como yo- de ese rockstar del teclado, esa forma de obrar siempre tan buena ondita con los que visten cool y tienen las nalguitas paradas, y vayamos a su forma de trabajo. Hablemos de esas revistas que van a la "vanguardia", donde sus colaboradores son súper buen rollo wey, esas revistas que utilizan parámetros para “calificar” el arte profundamente pendejos. Bajo mi perspectiva, ese rockstar que les cuento y sus compinches -con quienes se encontró más tarde y estuvo carcajeándose a todo volumen, valiéndole madre que en el cuarto contiguo estuviéramos otros trabajando- no respetan al creador. Y no se trata de que el artista sea intocable, pero sí me parece importante marcar que existen diferencias entre el que analiza y el que crea la obra. Procurar juntarlos sería una necedad. ¿Por qué creerán esos tipos ultra cool que Doves, por poner un ejemplo, es un proyecto de “segunda” comparado con Coldplay? Háganme el favor. ¿Es tan difícil hurgar un poco más allá para darse cuenta quién es quién? ¿Y por qué luego, cuando pitorrearse es lo indicado, con discos apestosos, se quedan callados o, en un acto de verdadera cobardía, se autocensuran?
Mientras observaba a ese muchachón intentar hacerse el amigazo de los Warhols, me sentí un poco mal. Porque él y su diminuta visión del arte van a ser los protagonistas de la visita del grupo a México, incluso encima de la música. Sujetos como él, con sus manidas expresiones, su pretendida sapiencia y vulgar estilo, serán quienes esculpan la historia que será contada “oficialmente”, porque claro, donde esos melómanos insaciables, que saben mucho y casi todo les huele a caquita, trabajan, sí hay billete, y una gran distribución y mucha publicidad, apoyo en la radio, la red y donde se les ocurra. Claro, venden muchas copias de su revista, mes a mes, quincena a quincena. Sobra quien los adore, al fin rockstars. Qué pena. No culpo a quienes prefieren apagar su sintonizador radial y no comprar revistas. A los que se asoman a su monitor con desconfianza porque la información que ahí rola es de quinta y los que se atreven a poner sus dedos en las teclas para organizar su blog de música ni siquiera saber poner acentos (como aquí sucede). Y no estoy tomando la pose del desprotegido miserable que no tiene para comer y sí mucha envidia, no. También hay muchos que escriben sobre música que rebasan al lugar común y procuran darle la vuelta a la tuerca en sus textos, y escriben en revistas donde hay mucho billete o en blogs que nadie vista jamás, o en periódicos de circulación nacional; yo sólo hablo de los imbéciles que no encuentran diferencias entre My Chemical Romance y Jimi Hendrix – y no exagero, de verdad no las encuentran- y ya se sienten los que van “a la vanguardia de la música en México wey, o sea, ¿ves wey? ¡weeeeeeey!”
En medio de este clima de absoluta desconfianza, hay algo que me reconforta: ahora, lo único que resta, a pesar de que la información se desparrama en todas las esquinas, es hacer girar los discos. En su movimiento están todas las respuestas. Que los rockstars, en todas sus presentaciones, se queden en el bar de moda jugándole al jet set, con su bebida bien arriba y sus carcajadas más sonadas que el volumen de los amplis del grupo que toque esa noche. Y que los que escuchan se queden en silencio, mirando hacia dentro, embelezados al notar cómo las estrellas en sus cabezas intermiten luz, como si el cielo interno fuera un gran ecualizador gráfico de miles de millones de bandas.
Este texto está dedicado a Adicta, una revista especializada en música que ha dejado de existir por un tiempo indefinido, donde no había rockstars del teclado y sí gente con ganas de escribir sobre lo que los excitaba. Es por ella, por esa Adicta, que pido un prolongado trago a modo de brindis, con buen rock & roll de fondo. Salud.
He estado cerca de personas que se creen en serio eso de que son otro pedo sólo porque su nombre aparece al final de una página. Hace unos días tuve la suerte de platicar con The Dandy Warhols, y en la obligada antesala de espera, a mi lado había un tipo que también se entrevistaría con ellos y que claramente te dejaba dicho con la mirada que no te atrevieras a mirarlo siquiera, porque sí; él era un rockstar. Yo intuí que era mamón con sólo verlo, pero cuando el grupo llegó, certifiqué lo que entreveía. Con ellos a nuestro lado, el sujeto cambió de actitud radicalmente, quitó la mueca de “aquí huele a caca” que portaba y, con una sonrisa que no le cabía en la cara, saludó a los músicos como si los conociera de toda la vida. Ellos reaccionaron sorprendidos, como preguntándose en silencio ¿este cabrón quién chingados es, uno de la disquera? Pero él seguía en lo suyo, repartiendo abrazos y camaradería. No se comportaba como un fan emocionado ni mucho menos, sino como su mero carnaval, como un amigazo de toda la vida. Juro que los recibió en la onda de “qué chido verlos otra vez, tanto tiempo ca…”. Y ellos con cara de chale. En medio de su derroche de buena onda hacia ellos, dedicó un segundo para voltear hacia el resto de los mortales (en este caso, yo, solo yo) y dedicar una mueca de “¿qué pendejo? ¿Tú qué me ves, qué haces aquí, que no ves que estoy saludando a los Dandy Warhols, mis compas? Ya vete wey, pinche naco, quién te dejó pasar”. Un pensamiento largo, tan prolongado como su mala onda, pero todo lo leí en sus ojos mientras duró esa mirada de apenas un segundo. Él era, sin más, un rockstar del periodismo musical -arrogante pero freak, inteligente pero cool- . Y habrá quien piense que eso no es importante, que lo que pasa es que a mí me cayó mal ese cabrón y que por eso hablo así, aunque lo que yo creo es que quien le cayó bastante mal fui yo a él. Así que olvidemos la actitud en “sociedad” – con los pendejetes nacos como yo- de ese rockstar del teclado, esa forma de obrar siempre tan buena ondita con los que visten cool y tienen las nalguitas paradas, y vayamos a su forma de trabajo. Hablemos de esas revistas que van a la "vanguardia", donde sus colaboradores son súper buen rollo wey, esas revistas que utilizan parámetros para “calificar” el arte profundamente pendejos. Bajo mi perspectiva, ese rockstar que les cuento y sus compinches -con quienes se encontró más tarde y estuvo carcajeándose a todo volumen, valiéndole madre que en el cuarto contiguo estuviéramos otros trabajando- no respetan al creador. Y no se trata de que el artista sea intocable, pero sí me parece importante marcar que existen diferencias entre el que analiza y el que crea la obra. Procurar juntarlos sería una necedad. ¿Por qué creerán esos tipos ultra cool que Doves, por poner un ejemplo, es un proyecto de “segunda” comparado con Coldplay? Háganme el favor. ¿Es tan difícil hurgar un poco más allá para darse cuenta quién es quién? ¿Y por qué luego, cuando pitorrearse es lo indicado, con discos apestosos, se quedan callados o, en un acto de verdadera cobardía, se autocensuran?
Mientras observaba a ese muchachón intentar hacerse el amigazo de los Warhols, me sentí un poco mal. Porque él y su diminuta visión del arte van a ser los protagonistas de la visita del grupo a México, incluso encima de la música. Sujetos como él, con sus manidas expresiones, su pretendida sapiencia y vulgar estilo, serán quienes esculpan la historia que será contada “oficialmente”, porque claro, donde esos melómanos insaciables, que saben mucho y casi todo les huele a caquita, trabajan, sí hay billete, y una gran distribución y mucha publicidad, apoyo en la radio, la red y donde se les ocurra. Claro, venden muchas copias de su revista, mes a mes, quincena a quincena. Sobra quien los adore, al fin rockstars. Qué pena. No culpo a quienes prefieren apagar su sintonizador radial y no comprar revistas. A los que se asoman a su monitor con desconfianza porque la información que ahí rola es de quinta y los que se atreven a poner sus dedos en las teclas para organizar su blog de música ni siquiera saber poner acentos (como aquí sucede). Y no estoy tomando la pose del desprotegido miserable que no tiene para comer y sí mucha envidia, no. También hay muchos que escriben sobre música que rebasan al lugar común y procuran darle la vuelta a la tuerca en sus textos, y escriben en revistas donde hay mucho billete o en blogs que nadie vista jamás, o en periódicos de circulación nacional; yo sólo hablo de los imbéciles que no encuentran diferencias entre My Chemical Romance y Jimi Hendrix – y no exagero, de verdad no las encuentran- y ya se sienten los que van “a la vanguardia de la música en México wey, o sea, ¿ves wey? ¡weeeeeeey!”
En medio de este clima de absoluta desconfianza, hay algo que me reconforta: ahora, lo único que resta, a pesar de que la información se desparrama en todas las esquinas, es hacer girar los discos. En su movimiento están todas las respuestas. Que los rockstars, en todas sus presentaciones, se queden en el bar de moda jugándole al jet set, con su bebida bien arriba y sus carcajadas más sonadas que el volumen de los amplis del grupo que toque esa noche. Y que los que escuchan se queden en silencio, mirando hacia dentro, embelezados al notar cómo las estrellas en sus cabezas intermiten luz, como si el cielo interno fuera un gran ecualizador gráfico de miles de millones de bandas.
Este texto está dedicado a Adicta, una revista especializada en música que ha dejado de existir por un tiempo indefinido, donde no había rockstars del teclado y sí gente con ganas de escribir sobre lo que los excitaba. Es por ella, por esa Adicta, que pido un prolongado trago a modo de brindis, con buen rock & roll de fondo. Salud.
7 Comments:
oh, muy buen texto, SurferoFiero. muy bueno, en verdad.
Gracias Blumpi, excelente que te haya gustado... que bueno que pasaste por acá, a visitar.
A mi tambien me caen mal ese tipo de personas, solo que no son Rockstars trabajando de reporteros musicales.Solo puedo habistar en mi pueblucho aquellos tipos arrogantes que dicen saber mucho de musica, y es que es como tu dices no saben Distinguer entre musicos, solo alardean con sus "conocimientos" y son puras poses que adoptan, disque muy punketos,metaleros o goticos siendo que andan con sus mejores garras que estan a la moda y siendo unos putos presumidos que se pasean por las plazas (y no soy envidiso)
Gracias por darse una vuelta por acá, Piloto Calavera y Asociación Excretada. También gracias a quienes han dejado comentarios en mi cuenta de yahoo. Qué más. Sigamos en el rock & roll, sólo eso.
Que clara perspectiva de lo que algunos vemos como realidad.
Gabriela Guzmán
ah qué la chingada... con razón el del puestito de revistas me trae a vuelta y vuelta desde hace un ratón... Pus... Salú por la Adicta, ni pex!
No conocí Adicta y creo que me perdí de algo bueno.
Y sí, es una pena no sólo el comportamiento de esos chacales con acreditación, sino que su "modo de ver y escuchar" termine impreso y haya gente que lo considere de valía.
Coincido contigo: lo mejor es acercarse a los álbumes, apoyado, en todo caso, por algo como www.rocksbackpages.com
Yo paso de leer revistas editadas en México porque además están compradas por las compañías discográficas o porque se fusilan descradamente notas de publicaciones inglesas o estadounidenses.
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