La Mosca en la pared
Compré por primera vez la revista La Mosca acatando mis instintos, como ha ocurrido con casi todo lo que he hecho en mi vida. Incluso recuerdo justo en qué puesto de revistas fue que la tomé por primera vez. Básicamente me atrajo su formato, entonces verdaderamente excepcional. El número uno traía en la portada a Caifanes, y cuando leí la cantidad de textos que le dedicaron al entonces grupo más importante de rock en México, quedé prendado de ese algo que había en aquellas palabras y que nunca antes había encontrado en una publicación dedicada al rock en este país. En ese número uno había nivel crítico. También ganas de provocar. Y humor, humor del bueno. Desde entonces empecé a comprar la revista, sin falta, mes a mes. Muchos personajes que figuraban en sus páginas se hicieron cotidianos para mí: José Xavier Navar, Susy Q, Hamlet Ultrapeluche, Armando Vega- Gil, Eusebio Ruvalcaba, Rogelio Garza, David Cortés… a todos los leía puntualmente y de todos aprendí algo.
Desde su nacimiento, La Mosca marcó su línea: nada de concesiones con el rock nacional. La ausencia de permisos significaba ser agresivo y, a veces, de plano intolerante. Vienen a mi mente muchos textos, algunos de verdad ácidos y con mala leche. Recuerdo una especie de reseña muy pasada de bolas de un disco de Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio (Mostros), y un análisis de la música de Control Machete donde hacían mierda a los norteños en cuatro renglones. La escasez de lectores ganosos de ejercitar su músculo crítico provocó que la publicación fuera tachada de malinchista y blasfema gracias al uso de adjetivos como “rockcito”, para referirse a la escena nacional, y “rockcitito”, para hablar de la música que generan los protagonistas del mentado indie. Ese ánimo se mantuvo durante muchos años, aunque personalmente prefiero los comienzos de la revista, aquellos muy productivos primeros números donde se hacían disecciones sesudas de discos y libros, además de entrevistas filosas y gandallas. Me quedo con secciones como Cuatro por Cuatro, Un Hilito de Sangre, Numerotes, Zig Zag, La Cocina del Alma, Joyas de la Literatura Universal o Tiovivo. Todas entretenidas y alejadas del lugar común que entonces azotaba- bueno, la solemnidad sigue prácticamente intacta hasta nuestros días- a la prensa en general, no sólo rockera, de estos polvorientos solares.
Un día mi firma apareció en las páginas de La Mosca. Cuetes y serpentinas salieron de mi cabeza al verlo. Me emocioné mucho cuando eso ocurrió. Además fue mi debut público en un oficio que hasta hoy me mantiene despierto y excitado. Fue Hugo García Michel, el jefazo del pasquín, quien me llamó para solicitarme el texto, y cuando leí en un correo electrónico que el propio editor de La Mosca me solicitaba aparecer en las páginas de la revista sentí que quizá no era tan malo lo que hacía, que quizá valdría la pena dedicarme con más seriedad al asunto. Aparecer en La Mosca fue un impulso gravísimo para mí. Desde entonces me seguí de largo publicando en la revista, hablando de los grupos que me gustaban. Conocí personalmente a muchos de los escribanos que leía religiosamente, incluso algunos que entonces ni siquiera figuraban en sus páginas, (como Chava Rock, supuesto capo del Instituto Mexicano del Rock). Después de La Mosca vendrían otras revistas para mí, y conforme fui escribiendo en más partes mi pluma fue presumiendo su filo. Sigo en eso, inmerso en ese proceso. Pero en el camino, debo ser honesto, La Mosca fue extraviando parte de su encanto, al menos para mí. La pérdida fue haciéndose cada vez más grave hasta que prácticamente encontré ajenas sus páginas. Me sorprendí un día en el puesto de revistas diciendo: esta vez no voy a comprarla, no está bueno este número. La gente con la que compartía el gusto por la edición menstrual me lo decía, “es que ya no es lo que era, va en caída libre”. Y era cierto. Sin embargo, a pesar de las fisuras que presumía su contenido editorial, seguía siendo la mejor revista enfocada al rock en México. Y hablo en tiempo pasado porque la revista ha dejado de existir.
La Mosca es para mí un proyecto editorial de verdad entrañable. Así que cuando supe de su desaparición sentí tristeza. García Michel planea mover el proyecto a otra casa editorial, pero lo único cierto ahora es que, de momento, ya no habrá más moscas. Con esa revista se va un buen trozo de mis tardes como un adolescente desocupado que pasaba el tiempo rascando la guitarra, tragando páginas de revistas y escuchando cassetes, a solas siempre, en su habitación. No es la primera vez que ocurre, y tampoco será la última, que un proyecto editorial arriesgado -sin que en ese afán se sacrifiquen ventas- detiene su paso (acaba de pasarle a Switch justo cuando estaba, a mí parecer, en su mejor momento. Ya le sucedió a Adicta, publicación que, por cierto, formaba parte de la misma editorial)). A La Mosca se le entumen las alas cuando cumple catorce años de circulación. Vaya marca. Y vaya estela hedionda la que deja atrás este insecto repugnante. No dudo al decir esto: La Mosca hizo historia durante catorce años y definitivamente su marca no va a ser borrada sencillamente. Yo la pondría, en nivel de importancia popular, al lado de Banda Rockera, Conecte y Piedra Rodante. Como ya dije, se comenta que probablemente el proyecto editorial sea llevado a otra dirección. Ojala suceda, y que sea pronto; hacen falta revistas de música en México, y también lectores con ganas de ponerse respondones ante lo que la cultura Indie nos restriega en la cara como crema milagrosa. Así están las cosas pues. En mi closet hay un hueco especialmente dedicado a mis moscas. Ya no crecerá más. Acaba de suceder el deceso, y como lector ya siento que me hace falta su presencia. Mamá Mosca: voy a extrañarte.

El lapidario número de Catorce Aniversario aún puede ser conseguido en puestos de revistas y algunos locales cerrados. En él aparece una crónica que escribí sobre mi viaje a Liverpool el verano pasado. Me sorprende que, casualmente, mi primera aparición en la revista fue con una crónica del concierto que The Mars Volta ofreció en el Circo Volador; el mismo grupo que esta vez ocupa la portada.
Un día mi firma apareció en las páginas de La Mosca. Cuetes y serpentinas salieron de mi cabeza al verlo. Me emocioné mucho cuando eso ocurrió. Además fue mi debut público en un oficio que hasta hoy me mantiene despierto y excitado. Fue Hugo García Michel, el jefazo del pasquín, quien me llamó para solicitarme el texto, y cuando leí en un correo electrónico que el propio editor de La Mosca me solicitaba aparecer en las páginas de la revista sentí que quizá no era tan malo lo que hacía, que quizá valdría la pena dedicarme con más seriedad al asunto. Aparecer en La Mosca fue un impulso gravísimo para mí. Desde entonces me seguí de largo publicando en la revista, hablando de los grupos que me gustaban. Conocí personalmente a muchos de los escribanos que leía religiosamente, incluso algunos que entonces ni siquiera figuraban en sus páginas, (como Chava Rock, supuesto capo del Instituto Mexicano del Rock). Después de La Mosca vendrían otras revistas para mí, y conforme fui escribiendo en más partes mi pluma fue presumiendo su filo. Sigo en eso, inmerso en ese proceso. Pero en el camino, debo ser honesto, La Mosca fue extraviando parte de su encanto, al menos para mí. La pérdida fue haciéndose cada vez más grave hasta que prácticamente encontré ajenas sus páginas. Me sorprendí un día en el puesto de revistas diciendo: esta vez no voy a comprarla, no está bueno este número. La gente con la que compartía el gusto por la edición menstrual me lo decía, “es que ya no es lo que era, va en caída libre”. Y era cierto. Sin embargo, a pesar de las fisuras que presumía su contenido editorial, seguía siendo la mejor revista enfocada al rock en México. Y hablo en tiempo pasado porque la revista ha dejado de existir.
La Mosca es para mí un proyecto editorial de verdad entrañable. Así que cuando supe de su desaparición sentí tristeza. García Michel planea mover el proyecto a otra casa editorial, pero lo único cierto ahora es que, de momento, ya no habrá más moscas. Con esa revista se va un buen trozo de mis tardes como un adolescente desocupado que pasaba el tiempo rascando la guitarra, tragando páginas de revistas y escuchando cassetes, a solas siempre, en su habitación. No es la primera vez que ocurre, y tampoco será la última, que un proyecto editorial arriesgado -sin que en ese afán se sacrifiquen ventas- detiene su paso (acaba de pasarle a Switch justo cuando estaba, a mí parecer, en su mejor momento. Ya le sucedió a Adicta, publicación que, por cierto, formaba parte de la misma editorial)). A La Mosca se le entumen las alas cuando cumple catorce años de circulación. Vaya marca. Y vaya estela hedionda la que deja atrás este insecto repugnante. No dudo al decir esto: La Mosca hizo historia durante catorce años y definitivamente su marca no va a ser borrada sencillamente. Yo la pondría, en nivel de importancia popular, al lado de Banda Rockera, Conecte y Piedra Rodante. Como ya dije, se comenta que probablemente el proyecto editorial sea llevado a otra dirección. Ojala suceda, y que sea pronto; hacen falta revistas de música en México, y también lectores con ganas de ponerse respondones ante lo que la cultura Indie nos restriega en la cara como crema milagrosa. Así están las cosas pues. En mi closet hay un hueco especialmente dedicado a mis moscas. Ya no crecerá más. Acaba de suceder el deceso, y como lector ya siento que me hace falta su presencia. Mamá Mosca: voy a extrañarte.

El lapidario número de Catorce Aniversario aún puede ser conseguido en puestos de revistas y algunos locales cerrados. En él aparece una crónica que escribí sobre mi viaje a Liverpool el verano pasado. Me sorprende que, casualmente, mi primera aparición en la revista fue con una crónica del concierto que The Mars Volta ofreció en el Circo Volador; el mismo grupo que esta vez ocupa la portada.